(CAT) CLAUDIA DE VILAFAMÉS


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Honestidad pictórica

 

M. Victòria Salom

 

Un amigo común y también excelente pintor, el castellonés Amat Bellés, nos habló por primera vez de Claudia como una jovencísima pintora de magníficas naturalezas muertas y gran sensibilidad. Acudimos a su estudio de Valencia, que compartía con su maestro Progreso. Puede decirse que la primera impresión ya nos cautivó. Tras una exposición colectiva, organizamos su primera individual en Subex Galeria d’Art en diciembre de 1989. Claudia contaba entonces con tan sólo diecinueve años.

 

A partir de aquel momento empezó una historia de amor entre Claudia y la galería. Sus obras, con motivos arrancados de la artesanía popular valenciana, compaginaban los cuencos, jarras, platos y azulejos con calderos, vidrios, frutas y flores. Todo ello colocado sobre mesas y cómodas antiguas cubiertas de manteles, tapetes o servilletas que le permitían recrearse en la ejecución de bordados, puntillas y calados.

 

Lo que más ha singularizado a Claudia desde un principio es su honestidad pictórica. Su obra ha sido siempre fruto de la más sincera observación, de su diálogo, podríamos decir, con el objeto representado.. Ha perseguido su esencia, su cotidianidad, su devenir tras el uso diario, que le ha conferido ese carácter, individualizado, como las arrugas de un rostro.

 

Durante los primeros años gustaba Claudia de agrupar múltiples objetos, generalmente bajo un foco de luz potente que le permitía jugar con las sombras, en una composición de esencia claramente barroca. Con el tiempo, este horror vacui fue transformándose en una composición más simplificada, buscando la simetría y a menudo la horizontalidad.

 

La luz se torna diáfana y las sombras transparentes. El aire penetra entre los objetos, sobre un fondo que tiende a hacerse más ambiguo, más inconcreto. El soporte que antes compartía el protagonismo de la imagen desaparece para dejar que sean las tenues sombras las que concreten la solidez de los mismos. Diríase, en ocasiones, que quiere evitar que algún detalle superfluo rompa el trance contemplativo del momento.